La apologética puede ser definida simplemente como “la defensa de la fe.” En otras palabras, y a riesgo de ser demasiado simplista, consiste en la capacidad de presentar argumentos válidos, irrefutables y pruebas fehacientes en favor de lo que se cree. Siendo así, es deber de cualquier cristiano (recordando que tanto católicos como evangélicos estamos incluidos en ese rublo, no digamos luteranos, bautistas, menonitas, ordotoxos, etc.) ser capaz de elaborar una muralla de pensamientos y palabras para proteger no solamente sus credos, sino el núcleo su propio ser. Entre las principales causas de la muerte en vida de miles y miles de personas, pudieramos señalar el nihilismo, que significa sencillamente “no creer en nada.” Para ello es necesario el estudio a consciencia, la inversión de tiempo y la investigación diligente, elementos imprescindibles para quien trate de dominar cualesquier área de estudio.
Pero esto me lleva a señalar un peligro esquivo y sutil, bastante difícil de detectar y siempre intrínseco a la sed de conocimiento. Como la fe cristiana es una “fe viva,” debe de tenerse sumo cuidado de convertir la ya mencionada búsqueda en algo inocuo, muerto y estéril. ¿A qué me refiero? Me refiero a aquellos acérrimos enemigos de Jesús, a sus antagonistas más famosos: los fariseos. Los fariseos eran la élite religiosa del tiempo de Jesús en Tierra Santa durante el siglo I. A través de una vida dedicada completamente al estudio, habían sido capaces de erigir un sistema religioso en torno al cual giraba la vida de la nación. Es digno de mencionarse que toda la historia previa del pueblo de Israel estuvo rasgada de cabo a rabo por la idolatría en todas sus formas hasta el tiempo de la cautividad babilónica, entre quinientos y cuatrocientos años antes de la venida del Señor: en ese lapso de tiempo se da un giro de 180 grados y en lugar de gente en orgías danzando alrededor de hogueras colocadas frente a estatuas de demonios, tenemos a personas impecables, que conservan la ley en la memoria, de paso serio y solemne y capaces de disparar una de las 613 leyes del Antiguo Testamento en menos de lo que se acaba de leer este enunciado. Y aunque no me lo crean, es posible tener una versión moderna de ambos hoy en día. Solo hay que hacer las cuentas.
Los fariseos habían cometido un craso error cuyos orígenes pueden rastrearse hasta la “naturaleza de péndulo” que infecta a la humanidad entera. En otras palabras, si un extremo del péndulo es danzar desnudo frente a una estatua, el otro extremo es el fundamentalismo religioso. Y como en la religión judía (o cristiana, de lo que venimos hablando) el fundamentalismo no nos da permiso de ir a matar gente haciéndonos tronar en miles de pedazos detonando cargas explosivas dentro de camiones repletos de niños como lo hacen en otras religiones, el asesinato se logra a través de dogmas e imposiciones frías y muertas. Es como “ser sermoneado hasta morir.” Jesús les tachó de “hipócritas” mientras que Dios mismo dice de ellos: “de labios me honran, pero su corazón está lejos de Mí.” Ese es el gran peligro inherente al estudio teológico, cristiano y apologético: llenarse la cabeza de teoría para cambiar las formas externas mientras que la raíz del asunto–el corazón–sigue prácticamente igual.
A decir verdad, no había mucha diferencia de fondo entre aquellos idólatras y los fariseos. Al final del día, su problema era el mismo: estaban lejos del Dios verdadero. La tragedia de los fariseos era que se creían estar cerca de Dios. Lo único que cambiaba era la forma externa, pero el núcleo del carácter seguía siendo el mismo. Básicamente, la idolatría puede definirse como vivir a través de un concepto erróneo de Dios. Mientras que unos lo concebían en los elementos, en bacanales y excesos, los otros lo visualizaban como duro, frío y en extremo solemne e impersonal.
Sin embargo, existen otros círculos, o esferas, o reinos–como quieran llamarle–que trascienden a la mera apologética y que nos pueden salvar de pensar que ya tenemos en orden nuestro carrito de manzanas cuando en realidad nos estamos engañando. El problema de los fariseos era que decían que hacían. Justamente una nueva versión de lo mismo permea nuestra sociedad actual: tener en lugar de ser.
Nosotros buscamos verdades. Dios busca que seamos verdaderos.
La apologética y el resto del cuerpo de verdades doctrinales pueden equipararse a la parte estructural de una máquina. Pero para que esta máquina funcione, necesita energía, la cual viene en diferentes presentaciones (eléctrica, química, mecánica, calorífica, etc.) Siguiendo la misma analogía, dicha energía es el espíritu detrás de toda esa doctrina. Asombrosamente, necesitamos tanto de la máquina como de la energía que la va a activar. Trágicamente, la evidencia nos abofetea en la cara con la evidencia de que la aplastante mayoría de los hombres abrazan alguna forma de nihilismo al no estar seguros de lo que creen (siendo que en realidad no creen en nada). Otra parte de los hombres que dicen saber en lo que creen, se pierden el bosque por los árboles y “penduleando” han llegado al extremo donde solo tienen el motor y nada de combustible, o los otros tantos que tienen montones de gasolina, llenos de buenas intenciones que se pierden en el pantano de la desesperación descrito en “El Progreso del Peregrino” de Juan Bunyan. Las buenas intenciones no bastan tampoco por sí solas.
Todos aquellos que nos llamamos a nosotros mismos cristianos y que hemos tenido la oportunidad de testificar, recordaremos amargamente por lo menos una o varias ocasiones en las que nuestras palabras parecían de plomo, cayendo al instante de haberlas pronunciado.
Estoy hablando de esa palabra vana, hueca y vacía con la que tratamos de “defender” lo que decimos creer. Eso es lo que invariablemente va a ocurrir cuando tenemos la doctrina sin la sustancia. Como bien dijera Emerson, “Lo que eres está gritando tan fuerte en mis oídos que no puedo escuchar lo que estás diciendo.” El carácter, no las palabras, es lo que comunica más elocuentemente.
Al mismo tiempo, esa es una de las cosas más increíbles de la vida del cristiano. Solo un puñado de cosas son absolutamente ciertas y seguras. Pero el resto de pequeños detalles (qué ropa ponernos hoy, qué carrera estudiar, qué pareja elegir, qué hacer con respecto al cierto problema en la escuela o en el trabajo, qué clase de oración pronunciar en cierta situación y toda tremenda cantidad de elecciones diarias que hay que hacer) son lo que hacen la vida interesante; sin embargo, son cosas meramente secundarias. Como dijo Stephen Covey, “Por cada mil hojas arrancadas del árbol del mal, hay un golpe a la raíz. Solamente podremos mejorar nuestras vidas de verdad cuando dejemos de arrancar las hojitas de la actitud y el comportamiento para comenzar a trabajar en la raíz, en los paradigmas de los cuales fluyen nuestras actitudes y comportamientos.” De 50 años para acá, la premisa universalmente aceptada del mundo moderno es la ética de la personalidad. Antes de eso, lo era la ética del carácter. Nos preocupamos principalmente por las cosas secundarias, por las imposiciones de la sociedad.
Aceptémoslo. No hay manera de interpretar la realidad más que a través de la experiencia. Y como la experiencia de cada quién está condicionada por muchos y diferentes factores, cada quien interpreta la realidad de manera diferente. Sin embargo, necesitamos abrir los ojos a que los más grandes condicionantes de nuestro “lente” a través del cual vemos la realidad, han influenciado grandemente su graduación. Lo mismo le ocurrió a los fariseos. Y a los idólatras. Básicamente, el error de ambos extremos del espectro fue el de reinterpretar su realidad a través de su experiencia, variando ampliamente las formas externas, mientras que en el núcleo, los corazones estaban lejos de Dios.
Usando otro ejemplo de Stephen Covey, “una forma sencilla de entender los paradigmas (un modelo, una suposición o marco de referencia–la manera en la que “vemos” el mundo–no en términos del sentido de la vista, sino en términos de percibir, entender e interpretar) es verlos como mapas. Todos sabemos que el mapa no es el territorio. Un mapa es una explicación simple de ciertos aspectos del territorio. Eso es lo que un paradigma es exactamente. Es una teoría, una explicación, un modelo de algo más. Supongamos que quieres llegar a cierto lugar en específico del centro de Chicago. Un mapa con calles de la ciudad sería de gran ayuda para que llegues a tu destino. Pero supongamos que te ha sido proporcionado el mapa equivocado. Por un error de imprenta, el mapa con el título de “Chicago” es en realidad un mapa de Detroit. ¿Puedes imaginar la frustración, la incapacidad de alcanzar tu meta?
“Puedes trabajar todo lo que quieras en tu comportamiento–puedes hacer un mayor esfuerzo, ser más diligente, aumentar la velocidad. Pero todos tus esfuerzos solamente culminarán en hacerte llegar al lugar equivocado más rápido. Puedes trabajar en tu actitud–y podrías pensar más positivamente. Aun así no llegarías al lugar correcto, pero quizá no te importe mucho. Tu actitud será tan positiva que serás feliz donde quiera que te encuentres.
“Pero el punto es que seguirías perdido. El problema fundamental no tiene nada que ver con tu comportamiento o con tu actitud. Todo lo que tiene que ver es con el hecho de que tienes un mapa equivocado. Si tienes el mapa correcto de Chicago, entonces la diligencia se hace importante, y cuando encuentres un obstáculo frustrante en el camino, entonces la actitud puede hacer una enorme diferencia. Pero el requerimiento más importante es primero y primariamente, la exactitud del mapa.
“Cada uno de nosotros tiene muchos, muchos mapas en la cabeza, que pueden ser divididos en dos grandes categorías: mapas de la forma en que son las cosas, o realidades, y mapas de cómo debiesen de ser las cosas, o valores. Nosotros interpretamos todo lo que experimentamos a través de esos mapas mentales. Casi nunca cuestionamos su exactitud; normalmente ni siquiera estamos conscientes de que los estamos usando. Simplemente asumimos que la manera en la que vemos las cosas es como son en realidad o como debieran de ser.
“Nuestras actitudes y comportamientos salen de estas suposiciones. La forma en la que vemos las cosas es la fuente de la forma en la que pensamos y la manera en la que actuamos…”
Todo esto fue para decir lo siguiente: la única forma de llegar a tener la percepción justa de la realidad, y de no caer en el error de los fariseos y los idólatras, de tener la apologética que va a atravesar directamente el alma de los hombres es tener el mapa correcto. Dentro de la cabeza y del corazón.
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Rom 12:2).