Página de Archivo 2

26
jun
09

Cristo y las Potestades

Ojo: esto es teología.  Me ha tocado que me han dicho que estoy loco o cosas parecidas (más bien peores).  No que mucho me importe:

http://cristoylaspotestades.wordpress.com/

Este será uno de los esfuerzos más grandes con que haya dado acometido a una traducción alguna vez.  Se trata de un pequeño libro que trata con un elemento de las Escrituras que creo de todo corazón, se encontraba sellado hasta nuestro tiempo.  Y si el texto fue apremiante hace cincuenta años, creo que en estos momentos es un tema de extrema urgencia que debe de ser comunicado a una iglesia durmiente, ignorante del peligro—no que se avecina—sino que ya se ha cernido sobre nosotros.

14
jun
09

Cambiando Paradigmas

La apologética puede ser definida simplemente como “la defensa de la fe.”  En otras palabras, y a riesgo de ser demasiado simplista, consiste en la capacidad de presentar argumentos válidos, irrefutables y pruebas fehacientes en favor de lo que se cree.  Siendo así, es deber de cualquier cristiano (recordando que tanto católicos como evangélicos estamos incluidos en ese rublo, no digamos luteranos, bautistas, menonitas, ordotoxos, etc.) ser capaz de elaborar una muralla de pensamientos y palabras para proteger no solamente sus credos, sino el núcleo su propio ser.  Entre las principales causas de la muerte en vida de miles y miles de personas, pudieramos señalar el nihilismo, que significa sencillamente “no creer en nada.”  Para ello es necesario el estudio a consciencia, la inversión de tiempo y la investigación diligente, elementos imprescindibles para quien trate de dominar cualesquier área de estudio.

Pero esto me lleva a señalar un peligro esquivo y sutil, bastante difícil de detectar y siempre intrínseco a la sed de conocimiento.  Como la fe cristiana es una “fe viva,” debe de tenerse sumo cuidado de convertir la ya mencionada búsqueda en algo inocuo, muerto y estéril.  ¿A qué me refiero?  Me refiero a aquellos acérrimos enemigos de Jesús, a sus antagonistas más famosos: los fariseos.  Los fariseos eran la élite religiosa del tiempo de Jesús en Tierra Santa durante el siglo I.  A través de una vida dedicada completamente al estudio, habían sido capaces de erigir un sistema religioso en torno al cual giraba la vida de la nación.  Es digno de mencionarse que toda la historia previa del pueblo de Israel estuvo rasgada de cabo a rabo por la idolatría en todas sus formas hasta el tiempo de la cautividad babilónica, entre quinientos y cuatrocientos años antes de la venida del Señor: en ese lapso de tiempo se da un giro de 180 grados y en lugar de gente en orgías danzando alrededor de hogueras colocadas frente a estatuas de demonios, tenemos a personas impecables, que conservan la ley en la memoria, de paso serio y solemne y capaces de disparar una de las 613 leyes del Antiguo Testamento en menos de lo que se acaba de leer este enunciado.  Y aunque no me lo crean, es posible tener una versión moderna de ambos hoy en día.  Solo hay que hacer las cuentas.

Los fariseos habían cometido un craso error cuyos orígenes pueden rastrearse hasta la “naturaleza de péndulo” que infecta a la humanidad entera.  En otras palabras, si un extremo del péndulo es danzar desnudo frente a una estatua, el otro extremo es el fundamentalismo religioso.  Y como en la religión judía (o cristiana, de lo que venimos hablando) el fundamentalismo no nos da permiso de ir a matar gente haciéndonos tronar en miles de pedazos detonando cargas explosivas dentro de camiones repletos de niños como lo hacen en otras religiones, el asesinato se logra a través de dogmas e imposiciones frías y muertas.  Es como “ser sermoneado hasta morir.”  Jesús les tachó de “hipócritas” mientras que Dios mismo dice de ellos: “de labios me honran, pero su corazón está lejos de Mí.”  Ese es el gran peligro inherente al estudio teológico, cristiano y apologético: llenarse la cabeza de teoría para cambiar las formas externas mientras que la raíz del asunto–el corazón–sigue prácticamente igual.

A decir verdad, no había mucha diferencia de fondo entre aquellos idólatras y los fariseos.  Al final del día, su problema era el mismo: estaban lejos del Dios verdadero. La tragedia de los fariseos era que se creían estar cerca de Dios.  Lo único que cambiaba era la forma externa, pero el núcleo del carácter seguía siendo el mismo.  Básicamente, la idolatría puede definirse como vivir a través de un concepto erróneo de Dios.  Mientras que unos lo concebían en los elementos, en bacanales y excesos, los otros lo visualizaban como duro, frío y en extremo solemne e impersonal.

Sin embargo, existen otros círculos, o esferas, o reinos–como quieran llamarle–que trascienden a la mera apologética y que nos pueden salvar de pensar que ya tenemos en orden nuestro carrito de manzanas cuando en realidad nos estamos engañando.  El problema de los fariseos era que decían que hacían.  Justamente una nueva versión de lo mismo permea nuestra sociedad actual: tener en lugar de ser.

Nosotros buscamos verdades.  Dios busca que seamos verdaderos.

La apologética y el resto del cuerpo de verdades doctrinales pueden equipararse a la parte estructural de una máquina.  Pero para que esta máquina funcione, necesita energía, la cual viene en diferentes presentaciones (eléctrica, química, mecánica, calorífica, etc.)  Siguiendo la misma analogía, dicha energía es el espíritu detrás de toda esa doctrina.  Asombrosamente, necesitamos tanto de la máquina como de la energía que la va a activar.  Trágicamente, la evidencia nos abofetea en la cara con la evidencia de que la aplastante mayoría de los hombres abrazan alguna forma de nihilismo al no estar seguros de lo que creen (siendo que en realidad no creen en nada).  Otra parte de los hombres que dicen saber en lo que creen, se pierden el bosque por los árboles y “penduleando” han llegado al extremo donde solo tienen el motor y nada de combustible, o los otros tantos que tienen montones de gasolina, llenos de buenas intenciones que se pierden en el pantano de la desesperación descrito en “El Progreso del Peregrino” de Juan Bunyan.  Las buenas intenciones no bastan tampoco por sí solas.

Todos aquellos que nos llamamos a nosotros mismos cristianos y que hemos tenido la oportunidad de testificar, recordaremos amargamente por lo menos una o varias ocasiones en las que nuestras palabras parecían de plomo, cayendo al instante de haberlas pronunciado.

Estoy hablando de esa palabra vana, hueca y vacía con la que tratamos de “defender” lo que decimos creer.  Eso es lo que invariablemente va a ocurrir cuando tenemos la doctrina sin la sustancia.  Como bien dijera Emerson, “Lo que eres está gritando tan fuerte en mis oídos que no puedo escuchar lo que estás diciendo.”  El carácter, no las palabras, es lo que comunica más elocuentemente.

Al mismo tiempo, esa es una de las cosas más increíbles de la vida del cristiano.  Solo un puñado de cosas son absolutamente ciertas y seguras.  Pero el resto de pequeños detalles (qué ropa ponernos hoy, qué carrera estudiar, qué pareja elegir, qué hacer con respecto al cierto problema en la escuela o en el trabajo, qué clase de oración pronunciar en cierta situación y toda tremenda cantidad de elecciones diarias que hay que hacer) son lo que hacen la vida interesante; sin embargo, son cosas meramente secundarias.  Como dijo Stephen Covey, “Por cada mil hojas arrancadas del árbol del mal, hay un golpe a la raíz.  Solamente podremos mejorar nuestras vidas de verdad cuando dejemos de arrancar las hojitas de la actitud y el comportamiento para comenzar a trabajar en la raíz, en los paradigmas de los cuales fluyen nuestras actitudes y comportamientos.”  De 50 años para acá, la premisa universalmente aceptada del mundo moderno es la ética de la personalidad.  Antes de eso, lo era la ética del carácter.  Nos preocupamos principalmente por las cosas secundarias, por las imposiciones de la sociedad.

Aceptémoslo.  No hay manera de interpretar la realidad más que a través de la experiencia.  Y como la experiencia de cada quién está condicionada por muchos y diferentes factores, cada quien interpreta la realidad de manera diferente.  Sin embargo, necesitamos abrir los ojos a que los más grandes condicionantes de nuestro “lente” a través del cual vemos la realidad, han influenciado grandemente su graduación.  Lo mismo le ocurrió a los fariseos.  Y a los idólatras.  Básicamente, el error de ambos extremos del espectro fue el de reinterpretar su realidad a través de su experiencia, variando ampliamente las formas externas, mientras que en el núcleo, los corazones estaban lejos de Dios.

Usando otro ejemplo de Stephen Covey, “una forma sencilla de entender los paradigmas (un modelo, una suposición o marco de referencia–la manera en la que “vemos” el mundo–no en términos del sentido de la vista, sino en términos de percibir, entender e interpretar) es verlos como mapas.  Todos sabemos que el mapa no es el territorio.  Un mapa es una explicación simple de ciertos aspectos del territorio.  Eso es lo que un paradigma es exactamente.  Es una teoría, una explicación, un modelo de algo más.  Supongamos que quieres llegar a cierto lugar en específico del centro de Chicago.  Un mapa con calles de la ciudad sería de gran ayuda para que llegues a tu destino.  Pero supongamos que te ha sido proporcionado el mapa equivocado.  Por un error de imprenta, el mapa con el título de “Chicago” es en realidad un mapa de Detroit.  ¿Puedes imaginar la frustración, la incapacidad de alcanzar tu meta?

“Puedes trabajar todo lo que quieras en tu comportamiento–puedes hacer un mayor esfuerzo, ser más diligente, aumentar la velocidad.  Pero todos tus esfuerzos solamente culminarán en hacerte llegar al lugar equivocado más rápido.  Puedes trabajar en tu actitud–y podrías pensar más positivamente.  Aun así no llegarías al lugar correcto, pero quizá no te importe mucho.  Tu actitud será tan positiva que serás feliz donde quiera que te encuentres.

“Pero el punto es que seguirías perdido.  El problema fundamental no tiene nada que ver con tu comportamiento o con tu actitud.  Todo lo que tiene que ver es con el hecho de que tienes un mapa equivocado.  Si tienes el mapa correcto de Chicago, entonces la diligencia se hace importante, y cuando encuentres un obstáculo frustrante en el camino, entonces la actitud puede hacer una enorme diferencia.  Pero el requerimiento más importante es primero y primariamente, la exactitud del mapa.

“Cada uno de nosotros tiene muchos, muchos mapas en la cabeza, que pueden ser divididos en dos grandes categorías: mapas de la forma en que son las cosas, o realidades, y mapas de cómo debiesen de ser las cosas, o valores.  Nosotros interpretamos todo lo que experimentamos a través de esos mapas mentales.  Casi nunca cuestionamos su exactitud;  normalmente ni siquiera estamos conscientes de que los estamos usando.  Simplemente asumimos que la manera en la que vemos las cosas es como son en realidad o como debieran de ser.

“Nuestras actitudes y comportamientos salen de estas suposiciones.  La forma en la que vemos las cosas es la fuente de la forma en la que pensamos y la manera en la que actuamos…”

Todo esto fue para decir lo siguiente: la única forma de llegar a tener la percepción justa de la realidad, y de no caer en el error de los fariseos y los idólatras, de tener la apologética que va a atravesar directamente el alma de los hombres es tener el mapa correcto. Dentro de la cabeza y del corazón.

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Rom 12:2).

29
may
09

Traducciones Importantes

Acabo de incluir una página nueva (justo debajo de donde se ve el título de letras blancas en fondo rojo).  Dadle un vistazo.

23
may
09

El Cofre y la Escoria

Aunque el título tenga toda la apariencia de un ensayo, no lo es.  Acabo de crear una página para ‘almacenaje solamente’ usando mi cuenta de google, y no teniendo un mejor título para ella, decidí nombrarla “El Cofre“, pensando en un baúl lleno de cosas viejas y nuevas; algunas fabulosas y otras francamente inútiles, pero que presentan cierto valor sentimental.

¡Entonces!  La primera entrada es un archivo en el que trabajé el año pasado, solamente que he estado jugando con un set de “sintetizadores suaves” (soft-synth) que pueden emular sonidos de instrumentos musicales, pero usando el disco duro para las muestras en lugar de la memoria RAM, como se hacía hace algunos años.  El resultado son sonidos increíbles.  El sintetizador en este caso es el EWQL, y el arreglo es el canto “Alza Tu Rostro” de Steve Fry.  Tomé una idea del compositor Tom Fettke para lo que viene siendo la parte de las cuerdas en las estrofas de “Alza Tu Rostro”, pero el tema original intermedio y el arreglo para el otro coro “Tu Dios Reina” son originales.  ¡Denle una checada, y déjene saber lo que piensan!

Adicionalmente, estoy anexando una fotografía de un pedazo de escoria.  Sorprendeos, y cubrid vuestras bocas con la mano al momento que dejen escapar su asombro:

En caso de que se lo pregunten, la llave es para percibir escala.

En caso de que se lo pregunten, la llave es para percibir escala.

Esto es un pedazo de escoria, las impurezas que emanan del metal cuando se licúa.  Esas bolitas blancas son aquellos polvos que mencionaba en otra entrada que se usan para ayudar a que la escoria suba a la superficie.  Por el momento, ¡hasta lo que siga!

22
may
09

Reyes y Reinos

Voy a aprovechar que traigo las ideas frescas; las más de las veces, es mortal esperar a la mañana siguiente.  Más vale comenzar a garrapatear furiosamente en una servilleta ante las miradas perplejas (o burlonas) de gente que no tiene nada mejor que hacer que comer y hacer charla barata en un restaurante, por ejemplo, que dejar ir esas ideas que por lo común jamás volverán.

Siendo así, les voy a contar dos cosas, para comenzar: la primera fue que hace unas semanas fui a la Sierra Tarahumara y me encontré de pronto en un pueblito minúsculo al que se llega después de serpentear en carretera al punto del vómito inducido por mareo durante casi una hora y luego enjuagar y repetir, solamente que en terracería, montado a bordo de una máquina más antigua que yo, cuyos dueños apodaron cariñosamente como “el Monstruo Verde”.

Unos momentos más tarde, recordé que lastimosamente los tarahumaras son de ‘carrera larga’, después de haber escogido un lugar bajo el sol y no haber sido lo suficientemente prudente como para cargar con un sombrero o bloqueador solar.  De ahí que pinté como nalga de bebé recién cacheteada durante unos días.

Como iba diciendo, el servicio religioso fue largo, tremendamente sencillo y significativo por mérito propio.  Como no soy antropólogo, no voy a ponerme a disertar acerca de cosas que no puedo ver más allá de esa experiencia de unas 6 horas, pero sí puedo decir que tales cosas le abren a uno la perspectiva: el estilo de vida de ese pueblo es frugal en extremo y sus luchas personales no son tan refinadas como las nuestras, acá en la ciudad.  Allá se trata de sobrevivir y de batallar contra lo que consideraríamos como “pecados groseros” (borracheras, adulterios, mentiras y cosas semejantes), mientras que nuestras luchas pueden adquirir dimensiones tan extrañas que dudaríamos en catalogarlas como tales.  Sin embargo, no dejan de ser demonios para nuestras almas.

Lo segundo es que hace ya poco más de una semana, tuve el dudoso honor de trabajar algunas horas extra para preparar una nave industrial digna de la presencia del Señor Felipe Calderón.  No voy a entrar en detalles, pero sí puedo decir que pasé por tres filtros de seguridad, tuve que usar tapabocas, y permanecer de pié por espacio de unos 40 minutos.  Luego, pasar a más o menos la sexta fila (por detrás de personalidades de la política—no que a nadie le importe lo que piensen o tengan que decir—, el staff de la planta y una más de gente ya común y corriente como yo.  Diez minutos después, me pidieron que cediera mi asiento porque lo necesitaban para que lo ocupara gente por la que yo no doy ni un rábano.

Estaba furioso.

A regañadientes, abandoné mi lugar para enterarme de que el protocolo presidencial exige que todos los presentes en una conferencia de tal magnitud tienen que tener un lugar definido y estar sentados.  Aunque la influenza aquella de los cerdos que hizo de México una buena excusa para escribir noticias en los periódicos de todo el mundo no me había afectado directamente, lo hizo en esta ocasión puesto que la Secretaría de Salubridad determinó que hubiese un metro de separación entre asiento y asiento, de tal manera que donde hubieran cabido unas 400 sillas, ahora lo hacían 200.  Los sobrantes como yo, que tuvimos que abandonar nuestro asiento por capricho del Estado Mayor Presidencial, seríamos literalmente encerrados en uno de los cuartos de oficinas, que aunque agradablemente condicionado para servirnos bocadillos y bebidas después del evento, no hizo mucho para cambiar mi humor.  Pensé en lo que me perdería al no poder experimentar una cosa así de primera mano.  Había hecho mi máximo esfuerzo para poder sentarme tan adelante como me fuese posible—pero oh, rayos, no.

Iba a comenzar a ventilar mi ira detallando el ultraje del que me sentía víctima a unos compañeros cuando de pronto, me llamaron a que ocupara un lugar que había quedado vacante.

Curiosamente, terminé una línea más adelante.

Aunque el discursito del Señor Presidente fue un poco decepcionante en lo que a discursos se refiere, lo que más me llamó la atención fue escuchar comentarios como “¡Mira nada más!  El presidente pasó a medio metro de donde estaba sentado yo.”

Oh.

Aunque me emocioné al cantar el himno y ver llegar al Presidente de la República, puedo decir con toda sinceridad que quería tener la experiencia de primera mano de participar en un evento así, y sobre todo “leer el ambiente”.  ¿Qué fue lo que vi?  Vi a un hombre sin mucho carisma, pero firme y que da la impresión de saber qué es lo que está haciendo.  También vi que nosotros mismos éramos los que le estábamos dando al evento su calidad de importante.  Pero no dejamos de ser personas.  Pienso que aunque ese hombre es por lo pronto quizás el más importante entre unos 150 millones de personas, no deja de ser eso: un simple, frágil, endeble, vulnerable hombre, que dicho sea de paso, también suda, orina y defeca.  Entonces, ¿no se vuelve acaso tremendamente estúpido el comentario de “el hombre pasó a medio metro de donde yo estaba”?

Entonces, a donde quiero llegar, es que en el lapso de unas tres semanas, tuve el privilegio de estar a ambos extremos del espectro (social, si le quieren llamar así) conformado por los ciudadanos de este país: indígenas tarahumaras en un servicio cristiano tostándose debajo del sol, y el presidente del país, cuyas decisiones ultimadamente van a afectarnos a todos los que vivimos en suelo mexicano, de una forma u otra.

He aquí lo que pienso.  Una vez alguien dijo que el más pobre de los cristianos es más rico que el más rico del mundo que no conoce a Dios de esta manera (¡acabo de recordar que esa fue una línea del personaje de “Fiel”, en el Progreso del Peregrino, de Juan Bunyan!).  Observando a esos ministros, y a la gente sentada en las dos primeras líneas, me puse a imaginar por qué clase de cosas tendrían que haber pasado, cuantos anillos tuvieron que besar, cuántas mentiras, cuántos sobornos, cuánto de trabajo legítimo, cuanto de contactos y recomendaciones, cuánto de dinero… (cuánto de lo que sea) tuvieron que hacer esas personas para tener el “privilegio” de tener un lugar reservado en una nave de una planta más de Chihuahua, para escuchar hablar a un presidente.  Seamos honestos.  Todos sabemos que en la política es imposible meterse sin embarrarse de estiércol.  Me puse a considerar también cómo es que la gran, gran mayoría de nosotros jamás podrá codearse cerca de esos asientos.

Por otra parte, recordaba a esos tarahumaras citando la Biblia en medio de una polvadera tremenda (hacía meses que no había llovido en la Sierra).  Una mujer al lado mío dio testimonio de estar enferma, y de “comprender que las enfermedades también son parte de los tratos de Dios para moldear nuestros carácter y hacernos más como Él.”  Tuve que recoger mi quijada inferior del suelo después de escuchar eso.  Esa mujer gordita y de baja estatura, usando un paliacate para cubrirse la boca y no ir a contagiar a los demás de tremendo resfriado por el que estaba pasando, ha conocido y experimentado dimensiones en Dios que esos hombres y mujeres mimados, sentados en primera línea con sus limosinas, dinero y contactos jamás soñarían en tener.  No los estoy despreciando duramente.  Puedo dar esa impresión, pero no es así.  Simplemente es la verdad.

Sería fabuloso que existiera un tipo de lentes que al colocárselos, le permitiera a uno ver una estela de color envolviendo a las personas.  Un código de colores nos permitiría ver el estado de dicha persona de acuerdo a las cosas que realmente importan.  Y lo más importante de toda persona es cómo concibe, cómo conoce y cómo comulga con Dios.

Un himno precioso reza:

Reyes y reinos pronto pasarán,

Mas Cristo permanecerá.

No te engañes.  Hay un reino invisible allá afuera.  ¿En qué fila irás a quedar?  Eso lo determina tu vida aquí.  Y yo sé que yo sé que yo sé, que muchos de esos tarahumaras ocuparán de las mejores filas.




Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.