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08
may
09

Doloroso, pero Necesario

Nadie quien yo conozca aceptaría–por lo menos de buena gana–cualquier cosa que fuera una imitación, nada menos que lo real.  Este rechazo radica principalmente en el hecho de que las cosas que son falsas, pretenciosas, una sítesis o mera imitación, invariablemente son de una calidad inferior comparadas con aquello que tratan de emular.  Es por eso que uno normalmente prefiere gastar un cierto porcentaje más elevado por un minicomponente Sony en lugar de hacerse de uno Sondy.  Puede que el Sondy garantice una experiencia inigualable, sonido de alta definición, la habilidad de volar, 247 meses de soporte gratuito y cuánta cosa más sea lo que se promocione hoy en día, pero yo preferiría algo que pase sus pruebas de calidad.

La forma más antigua de probar las cosas en el sentido del que vengo hablando no es con la lengua, sino con lumbre.  El sentido histórico nos viene de los crisoles y los hornos para metales.  No se tiene que poseer un pedazo de papel de cuero de marrano que diga “ingeniero” para saber que las diferentes sustancias que conforman este mundo tienen diferentes densidades, de tal suerte que si mezclamos agua con aceite al cabo de unos momentos de reposo el último es el que quedará en la superficie.  Siendo así, los orfebres conocían que las impurezas de los metales generalmente son más ligeras que éstos, y tienen esa tendencia a subir–pero solo cuando se encuentran en estado líquido.  Para eso se necesita calor, y la manera más sencilla de conseguirlo es con fuego.  Mucho fuego y muy, muy caliente.

Hace algunos años, en una de las visitas a una empresa más interesante que alguna vez hiciera mientras era alumno del TEC, me encontré delante de un crisol enorme, mientras un hábil trabajador revolvía ese ardiente caldo de plata cristalina con una especie de pala, añadiendo una mezcla de polvos que tenía el propósito de adherirse a las impurezas del metal y facilitar su separación.  La palabra escoria es una palabra que suena mal.  Y es mejor que así sea porque por la escoria se ve horrible.  Para que no se me olvidara lo despreciable que se ve, tomé uno de los pedazos que ya se habían enfriado y me lo guardé en el bolsillo.  Hasta el día de hoy, dicho pedazo se encuentra en una caja de los recuerdos de mi casa, recordándome cada vez que lo veo que la escoria es algo realmente detestable.  La razón por la que deseo recordar eso de vez en cuando es más que nada por la connotación espiritual intrínseca a la naturaleza de la escoria: Es basura inútil, despreciable y engorrosa que acompaña a los metales en todas sus presentaciones.  Como es indeseable, hay que separarla de lo valioso.  Y la única manera de hacerlo es a través del fuego.

Volviendo al principio, lo que acabo de mencionar son los orígenes de la palabra “prueba”.  Básicamente, la razón por la que un Sony y un Sondy tienen una diferencia abismal expresada en los números de sus etiquetas de precio, consiste más que nada en su calidad.  Haciéndolo ridículamente simplista, hay calidad en el diseño, los materiales y los procesos.  Dicho de otra forma, yo puedo elaborar cierto diseño que capaz de hacer a), b) y c) cosas.  Pero eso hay que comprobarlo.  Quizás mi diseño resulte bueno para hacer a) y c) cosas, pero no b).  Entonces, tengo que revisar mi diseño y corregirlo y/o adaptarlo.  Por el mero hecho de hacerlo, estoy agregando un esfuerzo extra en forma de trabajo, tiempo y demás.  Lo mismo aplica para los materiales y los procesos.  Ahora bien, hay que buscar cierto equilibrio, pues aunque el platino iridio es bastante más difícil de deformar que el plástico ABS, cualquiera que no sea un idiota puede predecir que un esquema de mercado basado en carcasas de platino iridio alcanzaría solamente para un par de ellas, aunque dudo que llegaran a ser construidas, puesto que el resto del personal de patinum-iridium Co. despediría al proponente de esta idea en menos de lo que se lee este enunciado.

Los aviones son otro producto en los cuales no se deben de escatimar costos añadidos y cargas de calidad.  Debe de notarse que la calidad no agrega nada ni modifica el productoSolamente lo verifica.  Si una escotilla de presión fallara y sufriera una ruptura, la rápida pérdida de presión, temperatura y aire respirable a 35,000 pies de altura mientras se viaja a una velocidad de 700 kilómetros por hora resultarían en el par de minutos más horribles del resto de la existencia de los pasajeros de dicho avión.  Después de eso no hay de qué preocuparse, puesto que la pérdida de oxígeno sumiría a todos en un profundo sopor y ni siquiera sentirían la muerte por hipotermia o incluso la crasa angustia de observar cómo el suelo se acerca a velocidad terminal.

Así que por eso, normalmente preferimos que los aviones sigan costando varios millones de dólares.  No me creerían los costos que pudieran recortarse al prescindirse de todas las medidas de calidad en su manufactura.  Pero, ¿quién en su cabal juicio se arriesgaría a volar así?  Enviando de rebote el ejemplo a otro lado, es como entrar al quirófano y escuchar al cirujano en jefe decir:  “Mire usted.  Tengo algo que decirle antes de que le administremos la anestesia.  Yo no soy doctor.  Jamás he cursado la carrera de medicina.  Pero he visto estos programas en Discovery Channel, y además ¡yo quiero mucho a la gente!”  Si usted no empieza a gritar como un desquiciado al tiempo que agita los brazos y las piernas en el aire, no tiene usted mucha esperanza, de todas formas.  ¿Por qué pensamos así?  Porque queremos que las cosas sean probadas.  Que nos aseguren que van a funcionar.  Que no van a estallar en nuestras manos.  Que no nos van a matar si las usamos.  Queremos que sea lo genuino, que no se descomponga, que sea aquello por lo que pagamos su justo precio.

Quiero que estemos entonces de acuerdo por lo menos en este punto:  Buscamos lo real y lo genuino.  Siendo así, ¿por qué ocurre la tragedia, pues, de que no busquemos esa “calidad” (que antes se llamaba ‘prueba’) no meramente en las cosas físicas, sino también en las espirituales?  ¿Por qué no nos detenemos con la misma atención con la que examinamos un par de tenis de reciente modelo para discernir el beneficio (o prejuicio) espiritual que nos brindará tal o cual cosa?  ¿Por qué es que somos tan despreocupados y tomamos tan a la ligera actitudes, decisiones y predisposiciones que son capaces de afectar nuestras vidas muchísimo más de lo que alguna vez lo hará una prenda de vestir de moda?

Los estúpidos hipócritas que chillan a los cuatro vientos que “todo es relativo” debieran de ser golpeados con el dorso de la mano (asgurándose de “latiguear” la muñeca para que el golpe deje esa sensación de ardor) cada vez que examinen (o prueben) un auto antes de comprarlo, precisamente por hipócritas.  Los estándares son necesarios.  No pueden aplicarse arbitrariamente a lo que yo quiera.  Si lo hago, entonces, efectivamente, soy un hipócrita, y eso equivale a ser un falso, un farsante cuyo castillo de naipes se vendrá abajo con el esprépito de uno construído con rocas.

Hasta donde sé, la vida cristiana es la única que define esa realidad en toda su crudeza, hablándonos de una fe que “se prueba con fuego… mucho más preciosa que el oro.”  Es por eso que conservo ese pedazo de escoria: para recordarme que toda esa inmundicia e impureza debe de ser separada en esencia para que mi vida llegue a ser como oro.  Pero para eso es necesario el Fuego del que vengo hablando.  Seamos sinceros.  A nadie le gusta la analogía.  En el sentido pleno aquí representado, se trata de una cosa terrible.  Como ya nos horrorizamos bastante del asunto, buscamos evitarlo a toda costa, pero como resultado, nuestras vidas se convierten en algo de baja calidad, disoluto y… falso.  Nos quedamos cortos de lo que debiésemos de ser, y la pasamos lamentándonos por ello.  ¿Quiénes están dispuestos a pagar el precio y la inversión en calidad para trascender a esta generación?  Aunque sea por demás terriblemente doloroso, el Apóstol nos recuerda, que comparado con el Eterno Peso de Gloria, cualquier fuego aquí es leve, momentáneo… e invaluablemente benéfico.




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